31 de octubre: Reforma y máscaras

«Demóstenes, el orador griego, cuando se le preguntó respecto a cuál era el primer precepto de la elocuencia, respondió que era la buena pronunciación. Cuando se le preguntó por el segundo, respondió lo mismo y así para el tercero. Así ―dijo San Agustín―, si me preguntáis respecto a los preceptos de la religión cristiana, responderé que el primero, el segundo y el tercero son la humildad». (Instituciones, II, ii, 1)

Entender la Reforma y buscar sinceramente aplicarla en nuestras comunidades eclesiales es un privilegio caro: uno tiene que chocar con la realidad de que muchas cosas que teníamos por ciertísimas sencillamente no lo son; peor aún, muchas cosas con las que creíamos glorificar a Dios son de hecho cuestionables a la luz de la Escritura o a la tradición Reformada que pensamos honrar de alguna u otra forma. Pero una vez tenemos la certeza de algo buscaremos defender contra cualquier otra cosa aquello que ahora nos parece tan claro y evidente. Es un lógico celo por aquello que consideramos importante y crucial.

Los reformadores, así como algunos otros creyentes de la historia no tan directamente relacionados con la Reforma del siglo XVI, a menudo mostraron estar contra todo el mundo por sus convicciones, siendo radicales e intransigentes en su modo de pensar. Darnos cuenta de ello nos alienta a muchos amantes de la Reforma y sus principios a querer imitar en ellos a nuestros “padres espirituales” como es de esperar.

Sin embargo, existe la posibilidad de que nos veamos en una situación de orgullo y vanagloria por el conocimiento o el descubrimiento de una verdad que consideramos importante; y puede llegar a ocurrir que se cumpla en nosotros el pasaje de Corintios 1:18 que dice que “el conocimiento envanece”, y que debido a que ahora poseemos un poco más de verdad que otros nos creamos superiores, aunque afirmemos lo contrario. Para confirmar esto puede bastar hacernos un examen sincero de cómo pensamos (amén de lo que expresemos de alguna u otra forma, o de cómo nos dirigimos hacia ellos) de aquellos que no nos siguen en lo que para nosotros es imposible no reconocer la verdad aparte del Evangelio. El problema se agrava precisamente porque aquellos a quienes buscamos a menudo humillar, en público incluso, son nuestros hermanos, miembros del cuerpo de Cristo, lavados con Su sangre y coherederos con nosotros del reino de Dios. También es posible reconocer esa posibilidad por el simple hecho de que aun y siendo reformados somos pecadores (aunque justificados por la fe), violadores de la ley de Dios, con mente débil y corazones orgullosos muchas veces, otras con poco o nulo interés en mostrar amor al prójimo y a los perdidos, y a menudo propensos a buscar ser el centro de atención, a buscar que se nos consulte, que se nos use de referencia, que seamos capaces de “arreglar” a los demás. Es entonces cuando nos ponemos la máscara de la superioridad.

Un autor reformado dice que “El peligro para todos es que lleguemos a pensar que somos mejores, más espirituales y que sabemos más que los demás. Algunos cristianos tienen tan alta opinión de sí mismos que piensan que Dios tiene suerte de tenerlos a ellos”. (Steve Brown, A Scandalous Freedom).

A menudo esta máscara se nos hace obligado usarla cuando son otros los que nos asignan tal ficticia superioridad. Si somos maestros, pastores o líderes en algún sentido, es posible que escuchemos cosas buenas hacia nosotros de parte de nuestros oyentes. Que somos especiales, que nunca habían oído hablar a nadie así, que con nosotros han “encontrado” sentido a muchas cosas que antes no entendían, que cómo Dios nos usa para su gloria, etcétera, etcétera, etcétera. Y eso sencillamente endulza nuestro oído, agrada nuestra carne; y esta sigue anhelante de los deseos y pasiones del mundo.

Por eso en Romanos 12:3 el apóstol dice a cada uno “que no tenga más alto concepto de sí que el que debe tener, sino que piense de sí con cordura”. La advertencia, en su claro contexto, implica precisamente que esto puede ocurrir en nuestra relación con los demás miembros del cuerpo de Cristo.

En mi experiencia así ha sido. El entusiasmo por haber conocido y entender (más o menos) la verdad del evangelio, la Reforma protestante y sus implicaciones, me ha llevado a querer “arreglar” a los demás a mi manera cuando ni siquiera puedo arreglarme a mí mismo. He querido reformarlos y en muchos casos sólo he logrado ahuyentarlos. Y sí, me he creído superior, he visto a muchos hermanos amados como tontos que no pueden ver lo evidente y a mí como el caudillo escogido por Dios para arrancar la cizaña, corregir el error, dar vista a los ciegos, llevar la espada de la justicia. Me detesto por esto.

Sin embargo, Dios ha sido bueno conmigo a pesar de mi estupidez. He decidido quitarme la máscara de superioridad, de sabelotodo y entiendelotodo. Y les digo, sin máscara puede que dé más miedo que con ella, pero así soy, y soy libre. No más querer arreglar a otros, no más adjetivos hirientes innecesarios contra mis hermanos (habrá tiempo para herir alguna vez, el amor lo incluye); no más Reforma a mí manera.

Cuando Lutero clavó sus 95 tesis, lejos estaba de él querer crear un cisma en la iglesia que él consideraba la que su Señor había fundado. Con valor y temblando se enfrentó a quien particularmente se oponía a Cristo, y a su estructura de poder, con la mira de que la iglesia fuera restaurada una vez se cortara la cabeza del mal que la había corrompido. Pero Dios en su soberanía dispuso las circunstancias para que se diera aquel evento que liberó mucho pueblo de aquel entonces.

Así que, ser humilde está lejos de no tener convicciones o no expresarlas con ira incluso cuando se requiere; pero ha de hacerse atacando al enemigo correcto y entendiendo que si algo tenemos es porque Dios en su gracia nos lo ha dado. Si así no fuera, podríamos estar en peor condición de ignoranacia que aquellos a quienes pretendemos “arreglar”.

…para que en nosotros aprendáis a no pensar más de lo que está escrito, no sea que por causa de uno, os envanezcáis unos contra otros. Porque ¿quién te distingue? ¿o qué tienes que no hayas recibido? Y si lo recibiste, ¿por qué te glorías como si no lo hubieras recibido? (1 Corintios 4:6b-7)

De nada podemos jactarnos, sino de tener a Cristo, como también lo tienen nuestros hermanos que ignoran las profundidades del conocimiento de Dios. En nada somos superiores. Vale la pena leer y releer 1 Corintios 3 y 4 y tener muy presente su exhortación.

Ha sido un todo descubrimiento para mí entender recientemente que el ser humano está lleno de contradicciones: nadie entiende todo, nadie tiene el cuadro completo; mientras alguien tiene toda la razón en este o aquel aspecto, es un necio en este otro. Y la más grande contradicción del universo es quizá la vida cristiana, Cristo viviendo en nosotros. ¿Se puede acaso concebir que un Dios perfecto, santo, puro, inmutable y eterno, habite por su Espíritu en seres limitados, finitos, viles, necios e impuros como nosotros? “Pero tenemos este tesoro en vasos de barro, para que la excelencia del poder sea de Dios, y no de nosotros” (2 Corintios 4:7).

Así que, este 31 de octubre me quito la máscara del reformado perfecto. Llámenme como quieran, no me importa en lo absoluto. Resulta que soy más evangélico de lo que creía a pesar de todos mis esfuerzos; y, ¿saben qué?, me alegra ver que puedo disfrutar de la comunión con mis hermanos y sentarme a la mesa del Señor con ellos y servirles incluso, a pesar de su “ignorancia”. Voy más allá y los invito también, a los que por años han usado máscara, a que se la quiten y dejen que los vean tal cual son en realidad. Si no, igual siguen siendo mis hermanos y los sigo teniendo en alta estima y también sigo aprendiendo de ustedes, si me lo permiten. Pero si se quitan la máscara verán que los que de verdad los aprecian y los valoran seguirán con ustedes; y los que no, se irán asustados a donde el riesgo de que se les caiga su máscara sea nulo. ¿Y la Reforma? Dios la hará si quiere hacerla. Y nos usará si quiere hacerlo. ¿O no es acaso la soberanía de Dios uno de nuestros más grandes distintivos doctrinales como Reformados? Sí lo es.

Por Cristo y su precioso pacto con nosotros Su pueblo.

Soli Deo Gloria.

31-10-2016. 499º Aniversario de Reforma Protestante

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One Response to 31 de octubre: Reforma y máscaras

  1. Melvin Beltre says:

    Amén hermano de acuerdo contigo. Tu experiencia ha sido en parte la mía.
    Gracias por tu artículo.
    Bendiciones.

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