La apremiante necesidad de Reformar la Iglesia

Ecclesia semper reformanda est.

O, la Iglesia siempre debe estar reformándose. Con este lema, el teólogo Karl Barth quiso dar a entender que la Iglesia debe continuamente auto examinarse con miras a corregir el rumbo que lleva en caso de haberse desviado. El apóstol Pablo lo dijo más directamente “examinaos a vosotros mismos si estáis en la fe” (2 Corintios 13:5a). El diccionario de la RAE define en su tercera acepción de la palabra reformar así: Reducir o restituir una orden religiosa u otro instituto a su primitiva observancia o disciplina.

Al decir que la Iglesia, la Iglesia Cristiana, la comunidad de todos los creyentes en Jesucristo en el actual tiempo, necesita reformarse, la implicación es que se ha desviado el rumbo por lo que es necesario el reconocimiento de esto para hacer los cambios necesarios. Y precisamente, reconocer la pérdida del rumbo es quizá lo más difícil del proceso. Como el alcohólico para iniciar su proceso de restauración indispensablemente debe reconocer que tiene un problema de adicción, así la Iglesia también debe mirarse al espejo de la Palabra y reconocer que necesita urgentemente lavar sus ropas.

Corrían tiempos oscuros para la época de la Reforma en el siglo XVI, hace casi 500 años. La iglesia de Roma imperaba en cada área de la vida no solamente religiosa sino también civil, política, etc. La Palabra de Dios estaba ausente y más aún vetada para el pueblo común. El clero, los supuestos encargados de hablar en nombre de Dios era sínicos corruptos más que dispuestos a engañar o dejar engañar a los ignorantes feligreses que llenaban sus filas. No existía opción para nadie de cambiarse de entorno. La gente no era libre. No se podía escoger “otra iglesia” porque no existía esa otra iglesia. No se podía juzgar a ningún líder religioso porque aquello implicaba la temeridad de estar contra la “autoridad delegada por Dios.”

Los tiempos son similares hoy día: hay corrupción y manipulación, no se predica la Palabra de Dios, se prohíbe expresamente “juzgar” al “ungido de Jehová,” impera un sincretismo humanista en las iglesias que impide objetivamente identificar a quién se adora o se le rinde culto en verdad. El mismo sincretismo opera fuera de la Iglesia en la política y la forma de pensar culturalmente. “No existe la verdad” es la estúpida verdad absoluta que rige el pensamiento y actuar de la mayoría, aunque sea inconscientemente. Con un agravante, si se quiere: la Palabra de Dios, la Biblia (en nuestro idioma), está en el estante cerca del televisor. Incluso la tenemos como app instalada en nuestros smartphones y tablets. Tenemos acceso a la historia de la Iglesia, a las doctrinas clásicas, a los credos y confesiones, etc. Pero hemos decidido ignóralos despreciando el legado que Dios nos ha dejado para conocer Su Ley y Su Evangelio. Es decir, somos culpables de nuestro desvío e ignorancia. Por supuesto, los maestros y líderes “amontonados” están frente a la espada desenvainada en términos de responsabilidad.

Respecto al orden de la sociedad, el estado ha traspasado sus límites y desobedecido su función: castigar al que hace lo malo. En vez de eso persigue al que hace el bien o lo deja a merced de los malhechores, amén de la corrupción en sus cúpulas. La Iglesia, el ente profético que debe anunciar la justicia de Dios y denunciar la injusticia, se ha vuelto a las fábulas y ha dejado su labor de discipular, es decir entrenar sistemáticamente a sus miembros para ser luz fuera de la iglesia local. La familia está desintegrada, los padres no reconocen que sus hijos son herencia de Jehová y que deben ser criados por ellos mismos en amonestación del Señor; por el contrario, han entregado sus hijos a Moloc. “El césar” ha definido qué es la familia y a quién pertenecen los hijos, y los cristianos ha dicho amén.

Martín Lutero fue a la Palabra y ahí encontró libertad, primeramente respecto de su culpa por el pecado; al leer “el justo por la fe vivirá,” iluminado por el Espíritu,  pudo encontrar al Dios que había buscado toda su vida, al Dios que perdona en base al mérito de la obediencia y muerte de Jesucristo; luego encontró libertad del yugo religioso opresor que se cernía sobre él, entendiendo que si bien “toda autoridad es delegada por Dios” la misma había perdido su vigencia a causa de su corrupción. Entendiendo que “no es con espadas ni con ejércitos,” Lutero no armó una revolución sino que se enfrentó a las autoridades de su tiempo, no sin temor, descansando en lo que Dios había revelado en Su Palabra con miras a que éstas reconocieran la verdad y rectificaran su camino. En el proceso, muchos reconocieron la verdad del Evangelio y muchos que tenían miedo tuvieron ahora valor de levantar la bandera por ese bendito Evangelio. Las consecuencias fueron drásticas, llegando a alterar, como debe ser, el orden establecido en toda área de la vida, de lo cual aún degustamos sus frutos hasta este tiempo.

De igual modo, Dios se preserva en nuestros días un remanente fiel que se duele y deshace en lamentos al ver a la multitud “como ovejas sin pastor.” Debemos entender que Dios ha prometido que “las puertas del hades no prevalecerán” y que al final la labor de reformar la Iglesia yace en la sola potestad de Jesucristo por medio de su Espíritu Santo que redarguye los corazones y las mentes, y que la labor nuestra, de aquellos que por su pura gracia hemos entendido lo que Dios demanda de su pueblo y vemos ahora como el mismo  ha violado el pacto hecho con Él, es la de no dejar  de proclamar por todos los medios honestos posibles el Evangelio y todo el consejo de Dios del cual la Iglesia se ha apartado. Debemos, si es necesario, como dijo un ministro predicando, “re-evangelizar a los evangélicos.” ¿Cómo hacerlo? Debemos comenzar por deslegitimizar, es decir señalar como falso aquello que se vende ahora por evangelio y gracia. Por medio de la Escritura, hemos de identificar la mentira, denunciarla y proclamar la verdad. Esto no se hace “tirando piedras” con insultos, ofensas personales, etc. Nuestra lucha no es contra carne ni sangre. Llevamos cautivo todo pensamiento a la obediencia a Cristo no por la fuerza sino por el Espíritu. Esto nos permitirá acercarnos y ser escuchados por aquellos que, como Apolos, predican un evangelio incompleto pero tienen  el espíritu y la humildad de ser enseñables si se hace por medio de la Palabra. En segundo lugar, a los lobos, aquellos que a pesar de la advertencia, el largo tiempo que han tenido para arrepentirse y no lo han hecho, el evidente rechazo a la verdad y su evidente deseo de “devorar” a las ovejas para saciar su vientre, hay que tratarlos como tales, denunciándolos como lo que son y advirtiendo a los demás para que no caigan en sus fauces. En último lugar, hemos de catequizar a los creyentes. Esto no es otra cosa que discipular, enseñar sistemáticamente la articulación de nuestra fe para ponerla por obra. Para esto nos valemos de los credos y confesiones históricos. Incluye la predicación expositiva, el cambio en la liturgia del culto, recobrando su significado y simbolismo, la observancia sistemática y consciente por toda la feligresía de los sacramentos: la Santa Cena y el Bautismo. Esto puede sonar a práctica muerta, pero es todo lo contrario: es una vuelta a la Palabra de Dios y por ende al resurgimiento de una Iglesia viva que “se mueve” por traer el “reino de Dios” a este mundo, por que Su voluntad se haga “como en el cielo así también en la tierra.” Sin duda los puntos mencionados son sólo el comienzo y la labor es titánica si pensamos en nosotros como los autores, pero es Dios quien dará la victoria y llevará a Su Iglesia a ser la iglesia santa y gloriosa con quien Su Hijo contraerá nupcias, la Nueva Jerusalén que desciende del cielo a la tierra, y donde la gloria de Dios ilumina desde ella a toda la creación.

Soli Deo Gloria

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2 Responses to La apremiante necesidad de Reformar la Iglesia

  1. Momento/semana/condiciones apto para este tema de “siempre reformandose”

  2. wagenlma@aol.com says:

    Buen trabajo, Oswald; te felicito. Lou

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