El Catecismo de Heidelberg – Su importancia

En la entrada anterior escribí una corta historia del CdH. Hoy quiero ser igual de breve escribiendo sobre su importancia.

En verdad es simple: si tal sumario de la fe ayudó a instruir a muchos convertidos del imperante catolicismo romano en el siglo XVI al protestantismo en el tiempo de la reforma y proveyó de un sólido y ordenado conocimiento lógico de la verdadera Fe Cristiana para su puesta en práctica por parte de los creyentes y para su defensa ante las doctrinas contrarias a las Escrituras, ¿por qué no explotar hoy este recurso dado providencialmente por Dios para entrenar a aquellos que están comprometidos a profesar la fe una vez dada a los santos?

Si las escuelas dominicales de aquellas iglesias cristianas que están comprometidas con transmitir la fe a la próxima generación y que además, por lo mismo, se preocupan de entrenar a maestros, padres de familia y miembros de su feligresía en general; si tales escuelas dominicales tomaran el CdH como recurso guía para la enseñanza sólida de la Palabra de Dios tanto a grandes como a chicos, aún discriminando aquellos puntos que consideren contrarios a su particular punto de vista denominacional, el panorama de la iglesia evangélica actual sería otro.

No dudo que hay muchas iglesias comprometidas con la enseñanza seria de la Palabra de Dios con miras a entrenar a los hijos del Reino para ser luz en medio de las tinieblas; independientemente usen o no el CdH para llevar a cabo tal propósito, se esfuerzan por buscar entender la Verdad revelada en la Palabra de Dios y sus pastores y líderes agotan sus recursos para adiestrar bien a los que están bajo su cargo; sin embargo puedo notar que a pesar del esfuerzo, en la mente del creyente (muchos de ellos) pareciera que no existiera un orden sistemático entre las verdades aprendidas, sino que por un lado afirman algo (como por ejemplo que sólo Jesucristo salva) pero en ocasiones afirman o dan a entender lo contrario (como por ejemplo diciendo que pueden salvarse solamente si se esfuerzan lo suficiente). Sin orden, la mente del creyente simplemente memoriza algunas verdades para repetirlas cuando le es requerido, pero la enseñanza de la Fe no logra permear su mente para poder ver todo el cuadro. Dicho de otra manera, el creyente carece de una cosmovisión cristiana; sabe que Jesús es el Señor, pero en la práctica considera que sus negocios nada tienen que ver con ser cristiano; ha leído que la Biblia ordena criar a los hijos en la instrucción del Señor, pero no tiene ningún compromiso para transmitir la fe a sus hijos sino que, peor aún, deja la educación de sus hijos al cuidado de extraños que posiblemente nada sepan o quieran saber acerca de la Fe Cristiana; afirma que la Biblia es la palabra de Dios, pero raras veces acude a ella en busca de la voluntad de Dios para su vida. Sencillamente su fe, o el entendimiento de su fe, es comparable a una delgada capa superficial que tiene estampado el apelativo cristiano.

Sería muy pretensioso esperar que cada nuevo creyente deba reinterpretar la Escritura y sacar sus propias conclusiones. Esto es muy peligroso, pues puede que él afirme su fe en Jesucristo, o termine concluyendo que él es Jesucristo mismo (¡Ojalá fuera broma!). Por eso la Biblia de una manera negativa nos advierte de la inhabilidad de un neófito (un nuevo creyente) para ministrar la enseñanza de la Fe a otros (1 Timoteo 3:6). Así que es responsabilidad de la iglesia local y sus líderes estudiar y desarrollar un sistema de enseñanza que en verdad convierta en discípulos, es decir verdaderos seguidores de Jesucristo, a los nuevos creyentes. Con esto no quiero decir que la interpretación de la Biblia es exclusiva de un grupo de hombres y mujeres preparados, pero sí que en la iglesia local debe haber hombres y mujeres preparados en conocimiento bíblico y en todo aquello relacionado a nuestra Fe que puedan guiar a otros en un entendimiento lo más correcto posible de la Verdad de Dios y sus implicaciones para la vida.

Por todo esto, creo firmemente que utilizar, al menos en principio, el CdH como guía para la enseñanza de la Fe en la iglesia local y, por supuesto, en el hogar sería de gran bendición para la edificación de pueblo de Dios y por ende de Su Reino.

El CdH puede utilizarse para enseñar tanto a niños como a jóvenes y adultos. Es lamentable que en la iglesia local misma se separen a estos grupos para orientarles la enseñanza, pero cuando vamos a ver el concepto detrás de este proceder resulta que es la creencia de que la enseñanza de los adultos no es aplicable a la de los otros dos grupos; entonces para los jóvenes y los niños se busca entretener y divertir y, a ocultas casi, se diluyen algunas gotas de verdad (o pietismo, quizá) que, considero no producen ningún efecto verdadero de parte de Dios en la vida de los hijos de los creyentes. Cuando al escuchar un sermón orientado a los adultos vemos más de lo mismo, el panorama es aún más desalentador. Basta preguntar a 10 creyentes adultos de una iglesia local ¿Qué es el evangelio? Y tendremos una idea precisa de lo profundo de su fe y de la enseñanza de la misma en dicha iglesia.

Por supuesto, se requiere de los pastores y líderes el compromiso con nuestro Rey Jesucristo y su Iglesia. Como Pablo, estamos comisionados a presentar a ésta en aquel día como una novia pura y bien ataviada ante el que será su Esposo por la eternidad. ¿Cómo estamos tratando y preparando a la Novia de nuestro Rey? Que Dios nos guíe a ser obedientes en su mandato de hacer discípulos.

Sola Scriptura.

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