¿Por qué tuvo que morir Jesucristo?

¿Te has preguntado alguna vez por qué fue necesario que Cristo muriera de la manera en que lo hizo? ¿No pudo Dios simplemente decir «Muy bien, Yo los amo a todos, así que vengan a mis brazos, me olvido de cuán malos han sido. Qué más da. Los salvo a todos»? ¿Pudo Dios hacerlo así?

La respuesta es simple: NO. Y si lo hubiera hecho, estaríamos viendo a Dios siendo injusto (lo cual no puede ser debido a Su naturaleza inherentemente justa). ¿Por qué? Porque Dios es Dios justo, santo, perfecto, sin mancha, sin tacha, luz plena, como la Biblia nos lo enseña. (Éxodo 34:4-7)

Cuando Dios creó al hombre y la mujer éstos tenían una comunión directa con Dios, nada había que se interpusiera entre Dios y sus criaturas; pero cuando voluntariamente el hombre desobedeció, la perfecta comunión fue de súbito resquebrajada, quedando el hombre totalmente separado de Dios por causa de su injusticia. El hombre no podía estar delante de Dios sin ser aplastado por todo el peso de Su ira sin una pizca de misericordia. Y, asombrosamente, esa misma es la condición del hombre actual, por haber heredado el pecado de Adán desde el día de su concepción. (Oseas 6:7; Salmos 51:5; Romanos 3:23)

Sin embargo, como Dios perfecto, Dios es amor también. Dios sabía perfectamente que esto ocurriría e hizo un plan para glorificarse a pesar de la desobediencia del hombre. Entonces no destruyó al hombre totalmente, sólo lo separó de Él para que siguiera su propio camino a la perdición eterna. Tal situación era y sigue siendo extremadamente terrible para el hombre, pero totalmente justa de parte de Dios. Esa es la paga del pecado: muerte. Y como todos hemos pecado, todos la merecemos. (Lamentaciones 3:22; Romanos 3:23)

Pero Dios, en su incomprensible sabiduría y amor, proveyó la solución definitiva para el pecado, esto es, la muerte de un sustituto. Alguien pagaría por los pecados de los hombres, y así Dios podría borrar de manera justa la culpa que los condenaba, y la comunión inicial volvería a restaurarse. Es entonces cuando el más grande acto de amor que jamas ha existido en el universo toma lugar en la historia de este insignificante planeta: Dios envía a su Hijo, su Único, de la misma naturaleza divina, eterno, santo, justo, perfecto y sin mancha, a la tierra para morir por los pecados. No podía ser de otra manera; el hombre, como ser corrompido, no puede pagar por sus pecados no importa cuánto haga; no puede pagarlos ni aún con su muerte física, pues eso es lo mínimo que merece por su desobediencia. No puede ofrecer su vida porque es una vida inmunda, sucia, contaminada de pecado y detestable a los ojos de Dios. Las cosas buenas que el hombre pueda hacer son como trapo sucio para Dios. (Hechos 17:30; Romanos 5:8; 1 Pedro 3:18; Isaías 64:6)

Fue necesario, pues, que el Hijo de Dios, Jesucristo, se hiciera hombre como nosotros y viniera a la tierra con el propósito de recibir sobre sí todo el peso de la ira de Dios, Su padre, en lugar de nosotros. Es así como luego de vivir 33 años en la tierra, de haber anunciado la llegada del Reino de Dios y de exhortar a los hombres a que se arrepientan, el Hijo de Dios muere clavado en una cruz, odiado por todos, traicionado por sus amigos, escupido y ultrajado por sus enemigos y, lo peor, abandonado por Su propio Padre; porque así de horrible es el pecado para Dios, y así es el precio que se debe pagar por cometerlo. Irónicamente, en esto consisten las buenas nuevas del Evangelio y, efectivamente, como lo señala la Escritura, son una locura para el incrédulo. (Isaías 53:4-5; Mateo 27:46; 1 Corintios 1:18)

Ahora bien, ¿fue injusto que Dios hiciera pagar a Su Hijo por algo que Él no había hecho? Bueno, no solo no fue injusto, sino que fue más que justo. Fue un sacrificio divino. No pensemos en este hecho como si Dios Padre fuera un déspota que obliga a Su Hijo a pagar por algo que no hizo y el Hijo no tiene otra opción que obedecer al Todopoderoso. Para nada. Dios Hijo, voluntariamente, decidió en unidad de pensamiento con el Padre el hacerse hombre y entregar Su vida en sacrificio por los pecados y así salvar a los escogidos de Dios, es decir a aquellos que pondrían su plena fe en Su muerte vicaria. No hay injusticia, o de otra manera sería también injusto imputar la justicia de Cristo a los pecadores que ponen su fe en Cristo y su sacrificio, porque es esto lo que permite restaurar la relación del hombre con Dios: que la obediencia o justicia de Cristo es aplicada al pecador en el momento en que reconoce en Cristo su único medio de salvación y se rinde ante Él, de tal manera que el pecador, ahora creyente, es aceptable a los ojos de Dios, es recibido como uno de Sus hijos, y por lo tanto es hecho heredero de todas las promesas del pacto de Dios para con Su pueblo en Cristo. Sus pecados son borrados, pues le fueron atribuidos a Cristo y Éste ya fue castigado por ellos; ya no se puede condenar de nuevo al pecador. El poder del pecado ha sido anulado en su vida; ha nacido de nuevo y ahora vive para la gloria de Dios, en continua santificación por la obra iniciada por el Espíritu Santo en él. En esto consiste la doctrina conocida como de la Justificación. (Juan 1:11-13; Romanos 3:24-26; Efesios 1:11)

Tiene entonces la cruz de Cristo un significado ambivalente. Por un lado vemos la expresión más sublime de amor de parte de Dios a su creación; pero a la vez, la expresión más horrenda de nuestro pecado y sus consecuencias. Nunca debemos olvidar ambos aspectos.

Así que recuerda, siempre que tengas una remembranza de Cristo en la cruz, que Él está allí por ti, por tu culpa, por la mía; y que a menos que reconozcas con todo tu ser que Su muerte es la única y exclusiva esperanza que tienes de ser perdonado y aceptado por y ante Dios, eres sencillamente Su enemigo por causa de tu pecado, y todo el peso de Su ira pende de un hilo sobre tu cabeza hasta cuando ÉL quiera y decida exterminarte o, abrir tus ojos para que veas la luz y renazcas espiritualmente. (Efesios 2:1-3; Colosenses 1:14; Colosenses 1:21-22)

¿Que qué puedes hacer? Arrepiéntete y reconoce a Jesucristo como tu Señor y Salvador, y bautízate para sellar el nuevo pacto que Dios hará contigo. Oraré que Dios te guíe a la Verdad. Si ya estás en ella, sigue adelante hacia la perfección en Cristo.

Yo soy el camino, la verdad y la vida —le contestó Jesús—.

Nadie llega al Padre sino por mí.

Juan 14:6 (NVI)

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