¿Reformado? ¿Y cómo se come eso?

A casi 500 años de haber ocurrido la Reforma Protestante que dio lugar a la existencia del término protestante ó evangélico, todavía se pueden ver muy a menudo ceños fruncidos al mencionar el término Reforma ante cualquier evangélico moderno. Esto no es de extrañar. Nuestro país, El Salvador, sufre de una cultura que poco se preocupa por la historia. Se piensa que eso nada tiene que ver con uno, y menos con el ser evangélico. Pero como estamos tratando de cambiar eso, daré, en principio, un brevísimo esbozo del origen del término reformado dentro de la cristiandad. Ya con el tiempo, iremos entrando en otros detalles. Aquí va.

Allá por el siglo XVI (16) de nuestra era, la única religión, o más bien la religión imperante en el mundo hasta entonces conocido era la católica romana. Entre los años 1,1513 y 1,521 el papa de la iglesia era un tal Giovanni de Lorenzo di Médici, mejor conocido por su nombre de papa León X. Este papa necesitaba construir un templo, i.e., la Basílica de San Pedro; pero para ello necesitaba fondos monetarios (¿Dónde he escuchado eso?), y quién mejor que los fieles católicos para contribuir económicamente. Mas la construcción era carísima y la cuestión era cómo hacer que los fieles corrieran a colaborar con la causa. Entonces el papa se valió de la venta de las famosas indulgencias para hacer que la gente diera su dinero a cambio del supuesto perdón de los pecados.

La enciclopedia Wikipedia nos explica clara aunque brevemente esta situación:

Situación del papado

La construcción de la Basílica de San Pedro emprendida por León X demandaba cuantiosas inversiones de oro y plata, metales agotados en las arcas de la iglesia de Roma; había que allegarlos por vía de tributos especiales y recaudaciones extraordinarias. Agobiados los Estados Pontificios por las cada vez más abultadas medidas fiscales, acudió el Papa al socorrido recurso de la venta de indulgencias; bajo la promesa evangélica de obtener el ciento por uno en la otra vida, publicó una bula el 31 de marzo de 1515 solicitando los donativos de los fieles cristianos para la obra basilical. La escandalosa transacción de indulgencias por dinero fue el detonante para que Martín Lutero, con su rebeldía frente al papado, iniciara en 1517 una reforma eclesiástica que habría de escindir la comunidad cristiana. De nada sirvieron las condenas de las doctrinas luteranas hechas por el papa ni la excomunión en 1521 de su autor y de quienes las siguieron: la Reforma protestante no se pudo frenar.

Para aclarar, la indulgencia era un sistema ya utilizado con anterioridad por la iglesia católica para sostener en parte su economía. Consistía en un documento oficial de la iglesia que pretendía garantizar al que lo obtenía por medio de compra la exoneración del castigo por el pecado, es decir el castigo en el infierno. Inicialmente la idea de la indulgencia era exonerar al creyente de las penitencias impuestas por el sacerdote luego de la confesión de los pecados, pero no de la necesidad de arrepentimiento sincero y menos del castigo para los pecadores en el infierno, de acuerdo a la creencia católica romana.

En fin, el papa mandó a un monje alemán llamado Juan Tetzel a promover la venta de indugencias a diestra y siniestra. Utilizando su magnífica oratoria y estrategias de convencimiento, lograba recaudar ingentes cantidades de dinero por parte del pueblo para la causa mencionada. En su afán de convencimiento llegó a declarar que si existiera la posibilidad de que alguien haya violado a la virgen María, tal aboninable pecado podía ser perdonado sin más que por la compra de una indulgencia; afirmaba además que podía sacarse del infierno el alma de algún pariente o conocido que hubiese muerto con solo echar una moneda en el cesto de recolección para la construcción. Tal era su poder de palabra que multitudes acudían a comprar su supuesta salvación, y tal el descaro de dicha práctica que muchos compraban la indulgecia por anticipado, antes de cometer el pecado que tenían planeado, dada por supuesto la garantía de la misma efectividad de la indulgencia en dicha circunstancia por parte del vendedor.

Cito aquí una divertida muestra de lo absurdo de las indulgencias y su práctica perversa:

Un gentilhombre de sajón que había oído predicar a Tetzel en Leipzig, quedó indignado de sus mentiras; acercóse al fraile [Tetzel] y le preguntó si tenía facultad de perdonar los pecados que se pensaba cometer.

—Seguramente —respondió Tetzel—, he recibido para ello pleno poder del papa.

—Pues bien —replicó el caballero—, yo quisiera vengarme de uno de mis enemigos, pero sin atentar a su vida, y os doy diez escudos si me entregáis una bula de indulgencia que me justifique plenamente.

Tetzel pasó algunas dificultades; sin embargo quedaron conformes en treinta escudos. Poco después salió el fraile [Tetzel] de Leipzig; el gentilhombre acompañado de sus criados, le esperó en un bosque entre Iueterbock y Treblin; cayó sobre él, hizo darle algunos palos, y le arrancó la rica caja de las indulgencias que el estafador llevaba consigo; éste [Tetzel] se quejó ante los tribunales, pero el gentilhombre presentó la bula firmada por el mismo Tetzel, la que le eximía con anticipación de toda pena. El duque Jorge, a quien esta acción irritó mucho al principio, mandó a la vista de la bula, que fuese absuelto el acusado. (1)

Pero había otro monje alemán llamado Martin Lutero, de la orden de San Agustín. Providencialmente, éste había tenido el privilegio de haber estado leyendo la Biblia en lengua latina desde hace algún tiempo, algo que contadas personas del clero podían hacer, pues su lectura estaba prohibida al pueblo.

Martín era de los más devotos miembros del convento; sufría penitencias y hacía lo que se le ordenaba con tal de encontrar la paz con Dios, pero en su interior era atormentado por el profundo sentimiento de que nunca recibiría el perdón de Dios sin importar lo que hiciera con su cuerpo, hasta que chocó con la verdad más preciosa que cualquiera que quiera alcanzar misericordia por parte de Dios pudiera encontrar: el justo por la fe vivirá. La fe. Sólo la fe y nada más. ¡Qué agua más fresca para el sediento del desierto, que le vuelve a dar vida y le transporta al paraíso!

Encontró entonces que sólo la plena confianza en el sacrificio de Jesucristo permitía obtener la remisión de los pecados, y comenzó a vivir y a enseñar de acuerdo a esta verdad.

De esta manera, cuando se hizo la promoción de las indulgencias de forma que la gente creía innecesario confesarse o arrepentirse por los pecados, el corazón de Lutero se indignó tanto que escribió un famoso documento llamado las 95 tesis, el cual clavó, según la tradición histórica más aceptada, en la puerta de la iglesia de Wittenberg, el 31 de octubre de 1,517 para que la gente lo leyera. En él desenmascaró el engaño y el abuso cometido por la jeraquía de la iglesia, comenzando por el papa, con promover las indulgencias a cambio de una verdadera y piadosa fe. El impacto de aquel escrito fue tal que se mandaron a imprimir copias, gracias a la recién inventada imprenta de Gutenberg, y se enviaron innumerables copias a la gente del pueplo como a gente de alto rango tanto político y religioso, hasta llegar al mismo papa. Esto desencadenó en los años sucesivos fuertes discusiones, debates, asambleas, condenas papales y, tristemente, revueltas por parte de mentes perversas que vieron en la enseñanza de Lutero la oportunidad de sublevarse violentamente en contra de sus opresores, algo que Lutero jamás promovió, sino que de hecho condenó.

A raíz de todo este movimiento, se reconocieron, entonces, a aquellos que estaban de acuerdo con las enseñanzas de Lutero como protestantes, porque protestaban en contra de las enseñanzas principales de la iglesia romana que consistían hacer creer que el papa era la máxima autoridad como supuesto vicario o sustituto de Jesucristo, y que nadie podía acercarse a Dios fuera de la iglesia católica romana y su estructura. La meta de la Reforma era demostrar que sólo por la fe se puede alcanzar el perdón de los pecados, y que la Biblia, y no el papa, es la máxima autoridad para el creyente así como para la Iglesia de Cristo.

Fueron muchos los líderes que secundaron y continuaron lo iniciado por Martín Lutero, quienes defendieron con su vida misma las verdades extraídas de la Palabra de Dios acerca del evangelio. A éstos y a sus seguidores también se les conoció como evangélicos y/o reformistas. A las iglesias que se formaron bajo ese concepto se les llamó también iglesias reformadas o protestantes indistintivamente.

Es posible encerrar en cinco frases las creencias fundamentales de todos aquellos que fueron declarados protestantes y que por ende promovieron la Reforma. Estas frases latinas se conocen hoy como Las 5 Solas, por el témino latín sola con el que comienzan, que significa sólo o solamente por. Estas son:

  1. Sola Fide: Solamente por la fe se puede alcanzar la misericordia de Dios al depositar la confianza plena en los méritos de Jesucristo en su vida y muerte.
  2. Sola Scriptura: Sólo la Escritura es la máxima autoridad en materia de fe y práctica para la Iglesia de Cristo.
  3. Sola Gratia: Sólo por la gracia de Dios se puede obtener la salvación, como un favor inmerecido, y no como algo ganado o comprado por el pecador.
  4. Solo Christo: Sólo Jesucristo es el mediador entre Dios y la humanidad, y en ningún otro hay salvación, y no existe nadie que pueda sustituirlo ni en el cielo ni en la tierra.
  5. Soli Deo Gloria: Solo para la gloria de Dios, pues el proceso de salvación es llevado a cabo solamente por su voluntad y acción, pues no sólo provee el regalo de la salvación a aquel que cree, sino que también provee el regalo de la fe misma por medio del Espíritu Santo.

Creer, enseñar y vivir de acuerdo a esto es ser evangélico, protestante o reformado.

Yo prefiero el término reformado, pues en nuestros días el  nombre evangélico, como el término cristiano, se ha diluido tanto que ya no es posible saber con certeza el fundamento doctrinal de quien se autodenomine como tal. Pero al final, el nombre no importa tanto como lo que se cree o se vive, pero es necesario identificarnos como lo que somos, juntamente con lo que creemos para no ser arrastrados por cualquier sutil enseñanza contraria a las Escrituras.

Estoy seguro de que todo aquel que ama la Palabra de Dios y su verdad reconoce que la iglesia evangélica actual necesita una nueva reforma, pues sencillamente ha cambiado la verdad por la comodidad y el éxito. La gente acude a montones a comprar su prometida salvación con una oración, sin que haga falta reconocer el pecado, sin necesidad de arrepentirse, sin siquiera conocer el evangelio y sin necesidad alguna de hacer un compromiso con Dios y su Palabra, en resumen, sin fe.

Que Dios levante más personas como Martín Lutero y los otros reformadores, para que contra el mundo proclamen la verdad eterna: el justo por la fe vivirá.

Notas:

(1) Martín Lutero. Su Vida y su Obra. p. 60. Federico Fliedner. Editorial CLIE 2002.

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